Edad Media
Durante un lindo día en la aldea, o al menos una bonita mañana, o tal ves tarde, pero por esta ves que sea mañana, lo que uno menos espera ver es a un poeta cubierto de sangre bajo un molino de viento.
-¡Oh, Dios! ¡Que por favor el alma del poeta Alejandro este ya en tu Gracia Divina! –exclamaba el monje Johan.
El cuerpo, o despojos, o mejor digámosle cadáver, del poeta Alejandro se encontraba recostado sobre el viejo molino, el cual se encontraba en medio de otros dos mas jóvenes, o al menos 1 año mas jóvenes, por decir lo menos. Estaba rodeado de rosas marchitas, manchadas de sangre, sangre de Alejandro, claro esta.
-¡Por favor, que alguien quite este cadáver de aquí! Va a atraer animales y bestias salvajes- exclamó el campesino Rodrigo, quien era dueño de estas tierras, o mejor decir terrenos.
-No se preocupe, oh, honorable, Rodrigo. Yo me llevaré el cadáver de Alejandro y le daré la debida cristiana sepultura-dijo entonces el joven, o de madura edad, pero no viejo, caballero Marco.
-¿Quién habrá sido autor de semejante atrocidad hacia la vida y hacia Dios, padre nuestro?-exclamó el monje Johan con la mirada hacia el Cielo y las nubes y los sueños perdidos.
Una mariposa se poso sobre el mango del cuchillo clavado en pecho, más específicamente el corazón, del poeta Alejandro. Un pajarillo bajo de lo alto del cielo hacia el molino y cautivo a los tres presentes y el cadáver, o despojo, del poeta Alejandro. Era una hermosa mañana, no había duda.
-… amén.
El monje Johan oficializó la ceremonia de sepultamiento, por no llamarla trágica despedida, del cuerpo, o cadáver, del poeta Alejandro.
Mientras el caballero Marco y el monje Rodrigo se alejaban del lugar de despedida, vieron a una mujer vestida de largo vestido negro y un peinado que llegaba hasta el suelo y medio metro por arriba de su cabeza acercarse a la sepultura. Al llegar a esta, saco un gato pardo por debajo de su vestido y lo puso sobre la tumba, o sepultura, o lugar de despedida, y este cayo muerto sobre la tumba. Luego, la mujer desapareció, o se fue rápidamente, lo cual es lo más probable.
Cuando finalmente llegaron a la entrada de la aldea, vieron el cuerpo, o despojos, o cadáver, pero esta ves el término que cae mejor seria despojo, del trovador Martín.
-¡Oh, Dios1 ¿otro más? ¿Por qué los mejores hombres de la aldea son los que caen ante la muerte primero?
-Tranquilo, Monje Johan. No todo en este mundo tiene que tener un porque, un si o un no. Algunas cosas simplemente son, sin motivo alguno. Y son estas cosas sobre las cuales no tenemos control, por más que intentemos tenerlo.
Un picaflor cayó muerto al lado de los despojos del trovador Martín. Y fue en ese entonces que la mujer de negro de ostentoso peinado apareció. Esta ves tenia un ramo de rosas muertas, o tal ves marchitas, en las manos.
-Si no ven mas allá de sus ojos y buscan en el la risa enferma de las flores al hacer el amor, entonces nunca encontraran el porque, el si o el no o la razón y motivación de las cosas. Sigan al viento hasta que caiga al abismo y muera y entonces podrán encontrar su alegría falsa que buscan y podrán morir…
-Señora…-interrumpió el caballero Marco.
-Señorita- exclamó frenéticamente la mujer de negro volteándose, o propiamente dicho, volviéndose, hacia los dos hombres que la miraban con perplejidad y admiración y miedo.
-Bue..bueno sañ…señorita, usted ¿quien es?
-Yo soy una mensajera. De la muerte.
Y se desapareció.
¿O se fue rápidamente?
-Loca…eh…eh…psico…lo… ¡endemoniada! ¡Eso es lo que es! ¡Dios se apiade de su alma1- exclamó el monje Johan.
-Definitivamente-respondió el caballero.
Después de darle sepultura, o despedirse, del trovador, ambos vieron un par de flores, léase dos flores, y un picaflor posándose en una y luego en otra.
-¡Ja, que ironía...!- rió el monje, en tono sarcásticamente, si uno entiende que el monje era muy sarcástico.
-No todo tiene sus dos lados. No todo tiene su ironía ni su doble sentido ni su sarcasmo…-interrumpió el caballero, bruscamente, cosa raro en el respetuoso caballero Marco.
-Somos como un manantial. Nos secamos cuando queremos y perdemos la capacidad de ver las cosas como queremos y morimos al hacerlo y todo es pura voluntad-interrumpió el monje, cosa rara en el pues el era muy calmado.
Y luego de un largo momento de silencio el caballero Marco dijo:
-Si los árboles mueren de pie, porque los humanos, más evolucionados y perfectos, tenemos que morir caídos, derrotados, humillados, caídos.
- Todos es como lo quieres ver-concluyó el monje.
Y ambos se fueron.
Como era de esperarse, el maduro, pero no muy viejo, caballero soñó, o pesadilló, aunque eso no suena bien, con la mujer y gatos y flores y muerte.
Se levantó de su cómoda, aunque no mucho, pues era de paja, cama y salió de su hogar. Era una noche hermosa, y estas ves no podría ser mañana ni tarde, porque en verdad era de noche. Ni un solo ruido en toda la aldea. Todo dormía. Todo descansaba. El caballero saco su daga y la lavó en su pecho o, más específicamente, en el corazón.
Y el viento tocó fondo.
El monje Johan despertó sudando frío, ¿pero se puede sudar caliente? Había tenido pesadillas toda la noche. Corrió hacia la Iglesia. Cogió entre sus arrugadas manos una cruz sobre el altar, la alzó, como quien alza a un hijo al este recién nacer, y lo clavó sobre su corazón, sobreentiéndase, sobre su pecho.
Y el manantial se secó.
Y la risa enferma de las flores concluyó cuando el molino de viento quedó en cenizas cuando el campesino Rodrigo le prendió fuego con él adentro.
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1 comentario:
lo escribes tu patito?
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